¡¡¡Ya esta aquí el Fabro de Octubre!!!

Ya puedes descargar el número que corresponde a Octubre de nuestro boletín haciendo click aquí Fabro Octubre. En él encontrarás los relatos de los novicios de las experiencias de prenoviciado de los nuevos integrantes de nuestra comunidad, así como otros textos que aportan a nuestro camino espiritual… Más adelante subiremos artículo por artículo para facilitar el acceso… Gracias por leernos, un saludo desde Ciudad Guzmán, Jalisco.


Los votos de Montmartre

En las frecuentes reuniones del grupo de primeros compañeros de Ignacio en París,  se está hablando desde hace unos días de un proyecto que a todos parece agradar sobremanera:

Montmartre

El inicio de la Compañía de Jesús

-Sí que me gustaría que fuésemos todos juntos peregrinando a Jerusalén. No os podéis imaginar la emoción que se siente al caminar por los mismos lugares por los que anduvo Cristo… -les ha dicho Ignacio.
-Iremos, ¿qué puede impedírnoslo? Los siete somos hombres libres.
-Antes deberíamos todos terminar nuestros estudios, si queremos obtener la debida autorización para enseñar.
-Los terminaremos.

-Y cuando seamos todos maestros en Teología, iremos a Jerusalén y allí nos quedaremos enseñando y ayudando a las gentes.
-Bueno, nos quedaremos en Jerusalén… si nos dejan. Yo quise permanecer allí y hube de volverme. Ni siquiera es fácil conseguir el permiso para ir allá -expone Loyola.
-Y si no nos dejan quedarnos, ¿qué haremos? -pregunta Simón Rodrigues.
-Pues… ¡volvernos! -Francisco parece estar siempre dispuesto a un gesto y a una frase que tienen la virtud de hacer reír a todos; pero cuando acaban las risas, la conversación retoma su tono serio:

-Y si hemos de volvernos, ¿en qué nos emplearemos?
-Habremos de comprometernos en aquellas tareas que sean mayor servicio de Dios y ayuda de los prójimos.
-Sí, pero ¿cómo sabremos cuáles puedan ser esas tareas?
-Hay una manera segura de no errar.
-¿Cuál?
-Preguntar a la Iglesia.
-Sí, pero en la Iglesia, ¿a quién, a nuestros confesores, a nuestros obispos?
-Directamente al Papa -dice Ignacio.
-¿Al Papa?
-Él es la cabeza de la Iglesia, la Vera Esposa de Cristo.

Él, mejor que nadie, podrá decirnos dónde podremos emplearnos.
La conversación puede prolongarse durante horas; disfrutan estando juntos, gozan hablando y hablando para conocerse mejor unos a otros, son felices compartiendo conocimientos e ideas, calculando posibilidades, pensando inconvenientes y ventajas de hacer las cosas de una manera o de otra y siempre teniendo como norte que no se pierde de vista, ya que es decisivo punto de referencia, lo que sea la voluntad de Dios.

Ignacio ha hecho hoy una propuesta que todos aceptan con entusiasmo:
-Podríamos reunirnos el 15 de agosto en la capillita de San Dionisio y Compañeros Mártires , que está en ese lugar que llaman Montmartre, y allí celebrar todos juntos la fiesta de la Asunción. Y a los pies de Nuestra Señora podríamos pronunciar nuestros votos con la fórmula que estos días hemos venido preparando, ¿qué os parece?
El asentimiento ha sido general; todos estan gozosamente dispuestos a comprometerse.
En este luminoso día del corazón del verano, los siete amigos se han reunido para subir juntos a la colina de Montmartre y entrar en la cripta del pequeño santuario. Allí Fabro, el único sacerdote del grupo, ha celebrado la misa con Ignacio como acólito.
En el momento de la comunión, Pedro se ha vuelto a sus compañeros y ha escuchado a cada uno formular el voto que le compromete a peregrinar con los compañeros en pobreza hasta Jerusalén y emplearse en el servicio de Dios y de los prójimos. Y si esto no fuera posible, encaminarse a Roma y ponerse a disposición del Papa para que él los envíe a donde le pareciera más conveniente. Después les ha repartido la comunión y él mismo también ha pronunciado la fórmula del voto y ha comulgado.

Acabada la ceremonia, los siete amigos han salido de la cripta para reunirse cerca de la fuente que hay un poco más allá y comer juntos en una sencilla y entrañable fiesta campestre.

Acaban de sellar en estos votos de Montmartre un compromiso de amistad y servicio con Dios, entre ellos y con los prójimos, pero ¿hasta dónde puede llevarles esta generosa, entusiasta y juvenil promesa?


San Ignacio de Loyola, ¿quién es hoy?

¿Por qué hoy, a bastante más de 400 años de su fallecimiento, sigue Ignacio siendo tan actual?

Baste saber más acerca de la experiencia espiritual que tuvo Ignacio para poder entender qué tiene que decirnos a cada uno en lo cotidiano.

“El progreso espiritual de Ignacio 
lo lleva en la linea 
de conocer cada vez más sutilmente 
los mecanismos y las dinámicas 
mediante las cuales 
conoce la voluntad de Dios. 
Pero conocer su voluntad es conocerlo;
por ello el crecimiento en el discernimiento conlleva un crecimiento en la intimidad 
con Dios. En realidad, mientras más se ama, 
más se conoce y mejor se discierne. 
El amor de Ignacio lo mueve 
a realizar cosas que sabe, 
en la medida de lo posible, 
que Dios desea igualmente que sean hechas. 
Dos voluntades que comparten un mismo proyecto, un mismo amor, se comunican 
para obrar…”

               (Diccionario de espiritualidad ignaciana, pg. 814)

Ignacio, por tanto, sigue hoy, 31 de Julio, día que se lo celebra, tan actual como hace siglos, festejemos este día pidiendo además, como lo hacía Nuestro Padre Maestro, que la Gracia y el Amor nos sean abundantes en el camino…

¡Felíz día de San Ignacio!


La Camarilla: Poemas de Encarnación y Fe

Acción-reacción

Por Ernesto Granados Acoltzin, nsj

Ayer te vi en medio de muchos

Y en muchos estabas

Siendo uno

Uno más

Más que uno

Corazón ardiente

Mirada penetrante

Luz de sol

Me ilumina y apasiona

Más que una persona

Hoy te veo

Entre cien y mil

Y entre cien y mil eres uno

Uno más

Más que uno.

Caminando con Jesús

Por Edilberto J. Antonio Texcahua, nsj

“Hay retos que confrontan,

Esperanzas que aumentan,

Dudas que aparecen,

Invitaciones al abandono,

Contrastes que sorprenden:

Vida-muerte,

Dolor-amor,

Nada-todo,

Pero sobre todo existe una convicción:

Este trabajo y caminar

No lo hago solo,

Sino que Jesús del Camino,

De la historia y de la vida.

¿Qué más puedo pedir?”.

 

Un fuerte grito

Por Luis Rodrigo Galindo Madroño, nsj

“Pero Él, lanzando un fuerte grito expiró”.

Y su grito estremeció toda la tierra,

y fue ese grito el que me despertó

poniéndome en camino hacia su    bandera.

Ese grito de injusticia clama hoy.

Es la tortura, el hambre, la miseria

en el que sufre me descubre quién soy,

me grita, me lanza, me arroja a la  entrega.

Su grito fue el llamado que me salvó

de caer en un vacío ensimismado.

Atravesó miedos, me dio sentido, fe   y confianza.

Me pone en marcha a luchar en las fronteras

al abrazo de tantos gritos en guerra,

pues de su amor extremo renacerá la esperanza.


“Jesús, el Hijo de Dios, vino al mundo y habitó entre nosotros”

Por Edilberto J. Antonio Texcahua, nsj

 

¡Qué tal! Mi nombre es Edilberto Jaime, novicio de segundo año. Quiero compartir con ustedes lo que he visto y oído en la experiencia de peregrinación que realicé con los campesinos cortadores de chile jalapeño del Rancho “Los Amaya” en Santiago Ixcuintla, al norte del estado de Nayarit. No fui solo sino en compañía de Bernardino, compañero de generación.

De camino, ya a punto de llegar al destino, veía por la ventanilla del autobús y una incertidumbre se apoderaba de mí: qué iba a pasar, cómo será la gente, podré con el trabajo…, preguntas de este estilo nadaban en mi mente, pero también flotaba una esperanza. Tenía clara la finalidad: ser puesto con el Hijo para ser confirmado en el estado de vida que elegí en Ejercicios Espirituales.

Llegamos a Santiago donde nos recibió el ingeniero Chilo, quien había sido el contacto para esta aventura. Nos llevó al rancho donde permaneceríamos los tres meses siguientes. Ahí se encontraban los plantíos de chile y también los cuartitos donde la gente vivía. Eran aproximadamente unas 30 familias las que ahí habitaban, pero nosotros convivimos en una vivienda con sólo cinco familias. Lo que separaba a un cuarto de otro eran unas láminas de zinc, lo cual permitía escuchar todo lo sucedido en los demás cuartos.

Nos recibió don Andrés, quien era caporal de una de las  cuadrillas donde nos integraríamos al trabajo. Él, junto con su familia (hijos, yernos y familiares cercanos), serían nuestros vecinos más allegados y con los que pasaríamos la mayor parte del tiempo. Cuando llegamos nos dijo: “Aquí todos somos familias que vivimos bajo el mismo techo”, palabras que ahora me dicen mucho. Con el paso del tiempo lo entendí.

Un hecho que marcó mi experiencia fue en el primer día del corte. Empezamos a las nueve de la mañana, después de una charla que nos dio el dueño del rancho. La “tarea” era llenar 30 cubetas de chile hasta las cuatro de la tarde, entre mí dije: ¡va a estar fácil! Llegó el medio día y sólo llevaba 14 cubetas, mientras muchos se retiraban ya a su casa. Por dentro sentí una fuerte impotencia porque no avanzaba y ya era de los últimos. Vi a un niño que ayudaba a su papá y en mi interior deseaba tener a mi padre a mi lado. Pedía a Dios fuerza para seguir adelante y no desanimar. Por la tarde don Andrés nos avisó que limpiaríamos plantas de chile, ya que vio que no la hicimos en el corte. Me sentí derrotado. Doña Jerónima, esposa de don Andrés, nos daba ánimos diciendo que pronto regresaríamos, que tuviéramos fe, al mismo tiempo le decía a su esposo que nos dieran otra oportunidad. A la mañana siguiente faltó mucha gente y el caporal fue por nosotros. ¡Volvíamos, Dios nos daba otra oportunidad!

Días después, ya entrados en el corte y en la vida cotidiana, comencé a ver a la gente. Comencé a contemplar a Dios encarnándose en medio de su pueblo.

Un 16 de febrero me llenaba de alegría al ver al hijo recién nacido de Alma, la hija de don Andrés. El mismo sentimiento se esparció por todo el rancho. No faltaron las visitas que llevaban atole o algunos regalos al recién nacido. Una buena reanimación de lo que pasó en Belem hace más de dos mil años. Sí, pues la gente que ahí trabaja son extranjeros en tierras lejanas, todos provienen de la sierra sur del Estado de Nayarit, que salen en busca de trabajo. Jesús había nacido otra vez en medio de los pobres y extranjeros. ¿Qué será de ese bebé cuando crezca? Me preguntaba.

La realidad en la que nace esta nueva creatura de Dios no es nada diferente a la de Jesús. Hay injusticia en ella: el pago por el trabajo es bajísimo, las condiciones de higiene son deplorables y el hecho de que son de la sierra hace que sufran, en cierta medida, discriminación. Y ahí es donde Dios quiso ponerme, delante de lo frágil, lo insalubre y lo injusto para descubrir cómo viene su Hijo al mundo para morir en cruz y resucitar entre la gente sencilla.

Confirmo dicha fe al ver a las Marías de hoy. Ellas, las mujeres, son las que trabajan el doble dentro de la vida cotidiana del rancho. Se levantan a las cuatro o cinco de la mañana a lavar la ropa de los niños y del marido; preparan el desayuno y dan de comer a los niños más pequeños; a las ocho ya están listas para cortar chile; salen, una vez terminada la tarea, para preparar la comida, pues el marido tiene hambre; por la tarde, algunas regresan a trabajar, ya sea en la selección del chile para echarlo a las arpillas o limpiando semillas de jícama que siembran en huertos fuera del rancho. Por la noche, preparan la cena, bañan a los niños y terminan de hacer quehaceres del hogar. “Pero a eso hemos venido, a trabajar”, me decía doña Elena cuando me contaba lo duro que ha sido la vida para ella y para su familia, con sus ojos llenos de una historia y con la esperanza de ver crecer a sus hijos. Ellas son las nuevas Marías.

Por las noches, después de la cena, nos sentábamos a contar nuestras historias: por qué Bernardino y yo estábamos subidos en esta barca de la vocación religiosa, cómo era el lugar de donde proveníamos… Mientras ellos nos contaban sus problemas, sus sueños, sus expectativas, sus experiencias. También compartíamos algunos chistes o cuentos que hacían la vida más amena, mientras nuestros cuerpos se reponían del cansancio, producto del trabajo. Así se iba tejiendo la amistad y ahí descubrí la presencia del Reino. Porque, cuando por fin volteaba a ver al otro y descubría que eran mis hermanos y hermanas, comprendía las palabras de don Andrés: “Aquí todos somos familia”, y eso es precisamente lo que Dios quiere de nosotros, que seamos familia, que compartamos con el otro y la otra, lo que somos y tenemos.

No voy a negar las noches que me sentía solo, extrañando a mis demás compañeros, preguntándome si la vida religiosa en la Compañía de Jesús sería para mí, en una tierra de peregrinos, que como José y María en Belem, sufren en una realidad aparentemente desolada por la injusticia y pobreza, la cual es provocada por la estructura económica imperante… En fin, sintiendo en lo más profundo de mi ser la vulnerabilidad, lo frágil que soy, con todo y mis dinámicas de pecado y desintegración, haciendo contacto con la herida que llevo desde el día de mi nacimiento. Pero en todo este contexto social e interno, asomaba una buena noticia, la cual se me presentó en medio de un sueño: “Jesús, el Hijo de Dios, vino al mundo y habitó entre nosotros”. Esa es la alegría de todo cristiano y que es la confirmación del Padre al ponerme delante de su Hijo Jesús, en la persona del bebé de Alma. A ese Jesús, pobre, humilde, y además frágil y vulnerable, es a quien quiero amar y seguir.


Voy de paso amando en libertad

Por Manuel Antonio Silva de la Rosa, nsj

 

Me tocó vivir la experiencia de “hospitales” en el Hospital Civil (viejo) de Guadalajara. El turno que tenia era de 7 am a las 2 pm. Fui ayudante de enfermería en dos salas del hospital, Sala de neurocirugía y en Área de quemados. Hay cinco alberges alrededor del hospital para dar atención a los familiares de los pacientes. Una mitad de los familiares de los pacientes van al alberge y la otra mitad duerme en las salas y en los pasillos del hospital. Hay gran cantidad de indigentes que habitan fuera y en frente del hospital. En las tardes iba a lo alberges de visita.

El objetivo de estar en el hospital y en los alberges, era tener una experiencia de Dios profunda con el dolor y el sufrimiento. Para mí fue impactante la realidad que se vive en el hospital: los rostros de los familiares que duermen en el piso de los pasillos, los semblantes de los pacientes solos y olvidados. Me daba mucho miedo entrar a esa realidad y tenía mucha resistencia de tocar lo más frágil y doloroso de las personas. Me encontré de todo tipo de trabajadores como enfermeras que sirven y están cercanas con los pacientes, como otras enfermeras estresadas, tensas y cansadas por el trabajo y la monotonía; médicos que miraban a los enfermos como cosas descompuestas en los que iban a practicar su profesión, explorando y haciendo prueba y error con los pacientes como si fueran desechables. Pero también había otros médicos que hacían todo lo que estaba en sus manos por la salud del enfermo, dándoles la dignidad que tienen como persona. A primera vista esto era lo que percataba. Esta era mi visión de la realidad. Quién iba a imaginar que mientras más me dejaba empapar por la realidad más iba a mirar los signos del Reino que da vida y esperanza.

En los primeros días fui descubriendo que mi cuerpo está acostumbrado a lo placentero, a lo divertido, a lo fácil y a lo bonito. Tenía miedo de enfrentarme a una realidad dura. No fue sencillo desprenderme de todo miedo y dejar que mi cuerpo se fuera sensibilizando para poder caminar libre y estar disponible al espíritu. Solamente así pude interiorizar y profundizar la encarnación de Jesús en los pacientes, en los familiares y en mis compañeros de trabajo. Me percato que cuando vivimos situaciones de dolor al extremo, sacamos nuestra parte más humana. Eso mismo lo miraba con los familiares de los pacientes. Pareciera que el sufrimiento nos hace sacar nuestro verdadero «yo» al límite y nos hace reaccionar, saliendo al encuentro con lo que tenemos y con lo que somos. Experimento que

Dios está en el paciente más débil y olvidado sufriendo con él. Descubrí a un Jesús que asume el dolor, que acompaña en el sufrimiento y que ahí mismo germina, crea y transforma la vida. A través de mis compañeras enfermeras, descubro también que es un Dios que ama la vida, que lucha por la vida. Vi trabajar a Dios en mis compañeras de intendencia de piso, un Dios que está en el anonimato llenando de amor con esfuerzo a los pacientes desde lo pequeño y lo sencillo. Un Dios que saca  todo su potencial de amor a través de las personas y este potencial que Él tiene es más fuerte que la muerte y el sufrimiento.

Uno aprende siempre de los demás. La gente que conocí en el hospital  no me pide entregarme como un héroe, sacrificándome sino simplemente hacer lo que uno tiene que hacer. Lo que un hermano haría por el otro. El no hacer nada cuando se puede hacer algo es dañar y es no hacerse responsable de la vida. Todo ser humano, si vence el miedo y la indiferencia, tiene la  capacidad de responder asumiendo lo real en medio del dolor. Aprendo que en los pequeños detalles de curar, escuchar y estar cerca no sólo estoy ayudando a un hombre en concreto, sino que he roto con una estructura social, cultural y religiosa. Van naciendo dinámicas de vida. Y para eso hay que estar con el corazón abierto para crear otra nueva estructura en donde podamos incluir a todos y a todas. No siempre es posible cambiar directamente las estructuras de pecado, pero sí se me queda marcado en esta experiencia que en el amor concreto siempre lleva uno adentro la esperanza de una nueva sociedad y que siempre tenemos esa oportunidad de transformarnos en personas nuevas.

Muchas veces no entendemos dónde estamos parados y no apreciamos los signos que nos regala la vida, sólo recobra sentido más tarde, cuando nos cae el veinte de que somos hermanos. Ahora puedo ver que en mi propia limitación y en mi debilidad es el único camino para amar en libertad, con alegría, con agradecimiento ante la vida, por estar en esta tierra sagrada. Qué bendición tener esta oportunidad de acompañar en el dolor. Ser persona es salir de nosotros mismos al encuentro del otro.


“Más vale un amor inútil que una eficacia sin corazón”

Por Rodrigo José Pinto, nsj

 

Estoy seguro que más de uno ha conocido la pobreza, ya sea contemplando a su alrededor la realidad o también la haya sentido compartiéndola con alguien. Tal vez ese contacto nos haya movilizado para “hacer algo”  por aquel quien la padece o por lo menos se haya sensibilizado con el otro. Yo creo que esa sensibilización, al contemplar la pobreza, viene de Dios y no de uno. Podemos hacer muchas cosas por el prójimo, pero ¿proviene de un movimiento del corazón? Sólo Dios da la  gracia de movernos a partir de una “sacudida interna” y, en muchas ocasiones, no sabemos cómo dirigir nuestras fuerzas para secundar aquella sacudida. Esta afirmación la hago al terminar mi experiencia en Chiapas  por 3 meses, la cual les compartiré a continuación.

San Ignacio de Loyola dispuso, dentro de las diversas experiencias del noviciado, la peregrinación  y su objetivo es “poner las esperanzas sólo en Dios y no en dineros u otras cosas…”. Esta experiencia clave, está enmarcada dentro del objetivo general del noviciado: el discernimiento de la vocación. Ahí entraba yo, buscando lo que Dios quiere de mi vida a partir  de la experiencia en Chiapas. Quería afianzar el hecho de que no valgo más, ni vale más para el Reino el hacer cosas que no hacerlas sino más bien hacerlas desde el corazón. Una experiencia que me muestre que servir al Reino es trabajar por Cristo y ser indiferente a la satisfacción, a la realización y a la plenitud, en una palabra, a la felicidad. La idea de comer, trabajar, andar, dormir, bañarme con y como los indígenas despertaba en mí una real experiencia de encarnación en “todo y no en partes”.

Llegué a T’zununil, población del municipio de Chalchihuitán, alejada de San Cristóbal de las Casas por unas 5 horas de distancia en automóvil. Viví con Toño, de 46 años, y su familia, es decir, Rosa su esposa y 8 hijos siendo de 19 años el mayor y de poco más de un año, la menor. Ellos nos recibieron a mí y a Elías, compañero de camino. Pasar enfermedad curándome con hierbas; dormir noche tras noche en tablas de madera; hacer, junto con ellos, el cuarto donde dormiríamos por 3 meses a base de árboles recién cortados y algunas láminas, sentir frío y acercarme al fogón junto con la familia que también lo siente; comer el mejor manjar para ellos: un tlacoache ( que tanto asco les tuve cuando los veía en casa), ir a cazar al monte nuestra comida especial: un zorro, trabajar en el día lo que se iba a comer ese misma tarde: frijoles; pasar hambre sin poder pedir más porque simplemente no hay;  abrigarme porque ahí es normal tener tos bronquial y andar descalzo y trabajar; enterarme que en la familia de Toño murieron bebés por enfermedades que en la ciudad se curan en una “simifarmacia”; sentirme limitado por la comunicación al no saber hablar tsotsil pero al mismo tiempo abrir otra comunicación diferente como jugar con los niños, dar una mirada, un abrazo, un gesto de cariño. Pero ante todo esto, me queda claro que Dios sostiene a estas personas pues me admiro porque ahí es normal tener tos bronquial y andar descalzo y trabajar largas horas, por tanta energía que tiene esta gente para trabajar con unos cuantos bocados en la panza. Admirarme por ver la alegría de los niños que corren con libertad entre el cerro, descalzos, y mientras yo paso dolores en los pies aún teniendo las botas. En definitiva, hay una realidad difícil en Chiapas. Hay crucifixión como en tantos lugares, pero también hay ahí más presencia de Dios, el cual habita a través de la alegría sencilla y compartida. ¡Porque sólo los crucificados son capaces de resucitar!

Fue una bendición estar ahí y hasta hoy sigo bebiendo de esa experiencia en donde “mi mundo” se hizo más grande, en donde la pobreza dejó de ser una estadística, en donde descubrí que Dios trabaja y sostiene a los expulsados del mundo, en donde Dios quiere la vida en abundancia para todos, sin embargo, el hombre muchas veces puede favorecer o ser obstáculo para esto. Existe una injusticia cada vez más agudizada que Dios pide a gritos que se extinga, para ello pide nuestras manos. Las de todos.

Me fue difícil entrar a esta realidad porque no sólo la miré sino que la sentí. Los recuerdo y miro al crucificado y de la misma manera miro al crucificado y voy a ellos, mis hermanos chiapanecos. ¿Hice algo por ellos? Creo que muy poco, pero eso no es lo importante sino que ellos en su pobreza me dieron todo, me sostuvieron y me sentí amado. Sentí  en ellos cómo Dios no se deja ganar en generosidad. Mientras yo más quería serles útil, el Señor me invitaba a dejarme amar por El en ellos. Al dejarme amar se me ha hecho el corazón más grande y la voluntad más pronta a lo que venga de Dios para mí y por aquellos que viven las injusticias del mundo. En Chiapas viví lo que dice Benjamín González Buelta, sj: “todo lo que no es gratuito, no es evangélicamente eficaz…” y en mis palabras sería: “sólo lo que verdaderamente proviene del corazón será eficazmente útil”. Al final creo que el Señor me regaló más de lo que buscaba, porque simplemente dejé de buscar lo que quería para recibir lo que el Señor quiere y sigue dando.

 


Mi experiencia como “mojado”

Por Juan Miguel Huerta Mendoza, nsj

                  Me fui a la frontera. Sí. Crucé la línea sin pagar a un coyote o arriesgar mi vida. Me fui al otro lado y ahí estuve por dos meses y cachito. Crucé al “otro lado”, pero no el de los gringos. La frontera que pasé fue otra. Una en donde igual hay desiertos, complicaciones y desventajas, peligros y caridades. Les cuento, pues, que me fui de “mojado” a un asilo de ancianos, mejor dicho a una casa-hogar. Sí, amigos. Crucé una frontera, pero no de alambre ni con aduana. Una frontera humana y por ello muy dañada, aislada, olvidada y hasta rechazada. Me fui a Torreón a cuidar viejitos. Ni más ni menos. A vivir y convivir con ellos. Hice un viaje a la última estancia de los seres humanos. Ahí a donde quizás muchos no quieren ir o a donde otros no quieren llegar. Mi sueño no era el “americano” sino el de un novicio que quiere encontrar a Dios en todas las cosas. Creo que lo logré, no como un objetivo o una regla sino como una experiencia más. Una vivencia honda en la cual mi cuerpo se resistió, mi mente se bloqueó y mi corazón se estremeció.

Como les decía, llegué un día 9 de febrero a Torreón, Coahuila. El asilo es amplio. Miro su capilla, los pasillos, los cuartos. Llega el momento y me encuentro con las personas que laboran ahí. A su vez, llega el momento en donde me encuentro cara a cara con los 17 ancianitos que serán mis amigos y mis maestros en el camino hacia Dios. Los nombro: Vicente, Carmelo, Juan, Luciano, Pío, Sergio, Mario, Jesús, Juanito, Mario, Polo, Pantaleón, Juvencio, Abraham, Cecilio, Luis y Óscar. Cada uno con ideas muy enraizadas. Unos me creen y otros no. Unos ríen y otros no. Unos cantan, cuentan, platican, bromean. Otros ofenden y hasta golpean. Unos con deseos de encontrarse con Dios y otros con deseos de que Dios los encuentre a ellos. Unos que le rezan hasta a las “uñas” de la Virgen y otros que no más no creen ni en su propia sombra. Unos más viejos que otros. Unos más sordos que otros y unos más acabados que otros. Pero todos viviendo la soledad de sus familias, amigos y conocidos. Los únicos rostros que veían a diario eran el de los empleados (yo incluido) y el de las monjitas, una que otra vez el de una visita, de un amigo, familiar o conocido que se acordaba de ellos.

 Uno de los ancianos me despertaba mucha curiosidad. Era Vicente, un hombre de ochentaitantos años que su única ocupación en el asilo era cantar día y noche. Algunas veces me iba con él a la capilla a cantarle al Santísimo y a la Virgen, a recitar un Salmo y a rezar un rato. Con este anciano hice una conexión muy profunda, ya que a través del canto me hice su amigo. Canción que yo cantaba, canción que él repetía. La música nos unió y así logré entonar mi voz con la de él para pedirle a Dios por la salud y el bienestar. Fueron momentos bonitos, en donde me sentía pequeño ante Vicente, ya que veía en él el amor y la misericordia de Dios ¿Por qué en este anciano? Porque ese mismo amor y esa misericordia él la exigía con su canto y con su locura.

 Había otro anciano que me movió mucho. Su nombre era Pío Rosales, anciano con un muy buen diccionario de “palabrotas callejeras” y que más de una vez les sacó un susto a las monjitas, a los empleados y a las personas que visitan el asilo. Pío Rosales, hombre que un día agarró un autobús quién sabe donde que iba a quién sabe donde pero que se bajó en Torreón y llegó al asilo gracias a una persona que se apiadó de él en la central después de tres días de estar ahí, Pío, perdido. Este ancianito de casi noventa y cinco años, un día me golpeó la cara ¡Si vieran cómo me sacó de onda este gesto! Resulta que lo iba a bañar y de manera brusca le empecé a quitar su playera. Lo lastimé y me dice “a quién crees que estás cambiando”. Fue una reacción no esperada. Yo, el novicio “bueno” y  “cariñoso”, golpeado por un anciano. Me dije a mí mismo “es un malagradecido”. Pero después medité y caí en la cuenta de mis pretensiones de querer ser su “salvador”. Me sentí de nuevo tonto y estúpido. Algo así como cuando uno comete un error y nadie quiere que lo vean. Al final, lo interesante de todo esto fue que me hice su amigo, a punta de “madrazos” y “palabritas”, ya que todos los días me tocó darle su baño y cambiarle su ropa. Ya casi al final de mi estancia en el asilo, me senté con él en su cama. Esperábamos a la enfermera para que le curara una herida que tenía Pío en el trasero. La enfermera nunca llegó. Para entretenerlo un rato, yo le empecé a hacer preguntas sobre su vida. Era el momento perfecto. Me contó mucho de su historia, de su juventud, de su esposa, de su familia. Lo más conmovedor fue cuando recordó a sus hijos. Eran cuatro. “Siempre los traté bien”, decía. Digo que me conmovió porque al contar que los quería preguntó “¿qué les hice, mano, para que no vengan a buscarme?” Se me cortó la garganta. Fue un momento muy triste, ya que sus ojos y los míos soltaron lágrimas. Ya ni supe que más preguntarle. Dios sin duda estaba también a su lado y por medio de mí se hacía presente a Pío y por medio de Pío se hacía presente a mí. Nos acompañamos mutuamente en ese breve momento. Dios se hizo presente a través de nosotros.

 ¿Qué más les cuento? Esto es solamente una pizca de mi paso por la frontera, de mi paso como mojado. Había tenido conocimiento de esa frontera humana que son los ancianos, pero de forma muy ideal. Siempre había tenido la imagen del anciano bueno, consentidor y apapachador, pero me topé con esa realidad cruda y cruel que es el vivir a la espera de la muerte en soledad. Esa frontera humana que es un asilo de ancianos, que muchos lo utilizan como “tiraderos” de personas. Algo así como si fuera un basurero o un lugar en donde se dejan las cosas que ya no funcionan, las cosas pasadas de moda. El lugar desde donde se puede ver la forma en cómo la sociedad funciona. Ahora ya no me engañan aquellos que dicen que la justicia se hace desde los tribunales o desde las cúpulas del poder. El grito silencioso de esos ancianos me hizo ver otras cosas, otras maneras de ser y de relacionarme. Me hizo escuchar el silencio. Su grito, su crítica, su razón de vivir en un lugar más justo, más humano y más amoroso. Su silla de ruedas, su locura, su sordera, su dolor, sus heridas y su sufrimiento prudente, que muchas veces no vemos o no queremos ver ni escuchar, son su grito de guerra. Lo más bonito de todo es que Dios está con ellos y que Él nunca los dejará. En esta experiencia de “hospitales”, Dios se me presentó como un anciano, como un viejo que nunca pasa de moda por más que pasen los años. Ahora, y viéndolo bien, creo que sí pagué a un coyote (Dios) y creo que también arriesgué un poco mi vida, pero puedo decir ahora, que realmente soy un mojado porque crucé la frontera de un asilo, esa frontera que muchos ni quieren cruzar y ni quieren darse cuenta de que existe y creo también que sí crucé la aduana, pero la aduana del servicio, de la caridad para con ellos. Creo que si Dios no me hubiera dado eso no tendría mi pasaporte para caminar al lado de esos ancianos que espero algún día volverme a encontrar en la frontera del Reino de Dios.


El Dios que trabaja y labora…

 Por Bernardino Lázaro León, nsj

 

Mi experiencia en Nayarit, en el corte de chile, en un municipio llamado Santiago, perteneciente al mismo estado. Una  gran parte de su gente se dedica a la agricultura y es sorprendente cómo en este municipio el impulso al campo es de gran relevancia.

 La “pizca” de chile jalapeño la llevé a cabo junto con mi compañero Edilberto –novicio de segundo año– en un rancho ubicado a 10 minutos de Santiago. El rancho comprendía una extensión de 54 hectáreas de plantas de chile. Quizá sea algo inimaginable el número de plantas existentes, pero aún más, el número de chiles producidos. ¿Te imaginas, cuántos chiles? En la pizca diaria logramos –con un equipo de 150 personas– llenar cuatro camiones torton de aproximadamente 13 toneladas cada uno. Reflexionando en mis adentros, decía: es sólo una parte de México. Imagínate tú, la producción mundial o tan sólo, aquí en México, lo que implica, el trabajo que tiene de fondo, los esfuerzos, la inversión, etc.

Otro aspecto para resaltar es que la  mayoría de los trabajadores son campesinos, entre ellos mestizos e indígenas (Coras, Huicholes o Tepehuanes). En promedio, sus estudios son la primaria (terminada o incompleta), escasamente hay quienes han estudiado la secundaria, incluso de las nuevas generaciones hay quienes dejan de estudiar para trabajar. En ocasiones son niños quienes se enfrentan a esta realidad.

 En el transcurso de los primeros días todo era novedad para nosotros y para ellos, pues era notable que nosotros no teníamos la misma resistencia, ni estábamos acostumbrados a tales circunstancias. El lugar tenía galeras rudimentarias. El lugar donde nos hospedábamos estaba apartado del ruido, de la ciudad y todo giraba en torno al trabajo. Todos los días se estaba a la caza de oportunidades, para aumentar el sueldo, pues el pago, sabiéndolo administrar, daba aunque sea para la alimentación. Si estás casado y tienes hijos estudiando o enfermos te la ves en apuros para sobrevivir con un pago de 100 pesos diarios. Otra opción para esta gente es que sus esposas o sus hijos mayores trabajen para poder aumentar sus ingresos; de esta manera, y trabajando tres miembros de la familia, la semana ascendería a 1800 pesos, una muy buena entrada para absorber los gastos necesarios. Un detalle agradable fue ver como los esposos e hijos ponían el dinero en común para sus propias necesidades y de ahí absorber los gastos de la casa, es decir, percibí una economía donde todos aportan, donde todos reciben y donde todos tratan de vivir bien, compartiendo lo que tienen.

 Esta misma gente, aún con sus complejos, sus aprietos económicos y sus problemas familiares, tienen buen sentido del humor y una mirada contemplativa. Una tercera parte de la gente que se dedica a la “pizca” del chile es proveniente de la sierra Nayarita, de un lugar llamado la meseta de Juanacatlán y esto explica el origen de su mirada contemplativa y su gratitud a Dios por la naturaleza. Ellos aman la naturaleza, el mundo que Dios nos dio. Cuidan, aman y alimentan la plantación de chile como si fuera de ellos. Lo expresan diciendo que en ellas hay vida y es de esa planta donde Dios los alimenta, les da trabajo y los hace tener trabajo para vivir. Otros más se llenan de gozo diciendo: “me da satisfacción y alegría saber que otros comen del trabajo de mis manos, manos que Dios me ha dado para trabajar”. Don Andrés, nuestro caporal, decía que Dios nos había dado el mundo, las tierras, la inteligencia para trabajarlas y para hacernos hombres trabajadores.

 Hay cosas tan gratas de mi experiencia que me llevaron a ver y creer en el Dios que labora en todas las cosas. Recuerdo un día en que la mañana estaba tapizada de niebla; la plantación de chile llena de verde, de vida; por la tarde el aire puro, la peregrinación de los pájaros al volver a sus nidos; por las noches el cielo lleno de estrellas o la aparición de la luna llena. La pregunta frecuente en mí era: ¿cómo le hace Dios para esconderse detrás de su creación? ¿Cómo negar la maravilla de esta creación? Aunque también me decía a mí mismo que es una pena honda saber que la naturaleza está en crisis, está afectada y que nosotros, pobres o ricos, aportamos al deterioro de esta naturaleza, que nos sigue dando de comer y que nos acoge ingenuamente.

 Durante mi estancia en Santiago, noté cómo una empresa agrícola, concretamente a la que fui a trabajar, comete en la actualidad graves faltas al medio ambiente y viola la dignidad e integridad de sus trabajadores. Con esto me atrevo a afirmar que poco a poco hemos acudido a una crisis ecológica, la cual, dentro de algunos años, quizá sea la misma y el tema central no sea una contingencia ecológica sino una crisis del hombre, que vive en el medio y que está siendo explotado de manera excesiva. De esta empresa noté en su modo de proceder el deseo de tener, de poseer, de alcanzar, más que de preservar, conservar y ayudar al medio ambiente o a la misma persona. Vi la quema de plásticos que aumenta el calentamiento global; los basureros llenos de botes donde se guarda insecticidas, plaguicidas, etc. tirados a la intemperie, que provocan la contaminación del suelo o el envenenamiento de animales; botes de productos tóxicos y de polietileno en el suelo; basura en el río, etc., esto provoca la contaminación de todo tipo de fauna acuática. Uno de los casos fuertes para mí, fue ver que la gente iba al río o canal, donde había todo tipo de desechos, y traía  pescados,  los cocinaban en sus casas y se los comían; vi también como los trabajadores utilizaban cubetas y recipientes donde se almacenaban sustancias toxicas, en ellas guardaban agua para “lavarse las manos” o para “lavar sus trastes”. Según las etiquetas de uso, dichos recipientes debían ser destruidos después de su vaciamiento, pues las partículas tóxicas contenidas producen daños a la salud.

 Hay otras cosas que humanamente no marchan bien en dicho empleo, pero en este artículo traté de dar un bosquejo de mi experiencia en el campo, en el trabajo de campesino. En el contacto con la naturaleza, descubro la vida que ella encierra, la maravilla que me induce a sentir al Dios de la vida. Escribo en mi historia la confirmación de respetar todo lo vivo, de amarlo y tratar de ir cuidando de mi entorno, de esta naturaleza que es de todos. Dicen por ahí que “nadie cuida lo ajeno”, es necesario sentir que es nuestra y que somos parte de ella, si no la seguiremos sintiendo como un objeto para poseer, dominar o explotar, y por lo tanto, seguiremos teniendo las mismas actitudes que hemos tenido hasta ahora. Concluyo diciendo que no necesité de libros, ni de ciencia, ni de comprobaciones, por el contrario, necesité el amor, la sencillez y el sentido común de campesinos e indígenas que se están entregando a diario para saber que la naturaleza es un ser vivo en el que vivimos.


Otros cimientos en la construcción: mi experiencia de trabajo en Nayarit

Por José Elías Ibarra Herrera, nsj

Quiero compartir con ustedes parte de la experiencia de Peregrinación que realicé en el Estado de Nayarit, trabajando en la construcción como ayudante de albañil, maistro, macuarro o chapulín, como vulgarmente se les dice.

Comienzo por plantear la pregunta ¿Cómo hablar de fe y justicia en medio de testimonios donde lo que más resuena es la injusticia? Esta misma pregunta fue la que me confrontó y surgió de la misma realidad de testimonios de compañeros, en que al trabajador se le valora por los muros que construye, mismos que sirven para separar de zonas exclusivas a las populares  o como menciona González Buelta SJ  en el poema “Los Pobres, signo de contradicción”:

 ”aquellos que son bienvenidos cuando son trabajo y moneda, y los esquivamos cuando son justicia y encuentro.”

 Quiero compartir una experiencia ocurrida en la construcción de un Oxxo, donde después de dos semanas de estar buscando chamba, por fin la encontré. El horario de entrada era de las 8 de la mañana y la salida a las 6 de la tarde, aunque según el patrón, debíamos echarle la mano para avanzar más y a veces nos quedábamos hasta las 8 de la noche. Incluso, hubo ocasiones donde mis compañeros se quedaban hasta las 11 de la noche trabajando por unos pesos más, a veces sólo con la energía que les daba el lonche del medio día. Era un desgaste no sólo físico sino también psicológico porque en medio del cansancio teníamos que trabajar hasta que el patrón quisiera o de lo contrario perdíamos el trabajo.

Las primeras dos semanas opté por quedarme, pero al final decidí no trabajar sino una o dos horas extra, pues las “tripas” y la energía poco a poco ponían el mismo límite para regresar a casa, comer algo y descansar. En la tercer y última semana de trabajo tenía el compromiso de compartir con chavos un campamento de “Derechos Humanos”, por lo que días antes había avisado que no podía quedarme más allá del tiempo laboral correspondiente a la jornada. En aquella ocasión recuerdo que me acerqué al patrón y le dije que ya me tenía que ir. Él sacó el registro de las horas laboradas y me estaba pagando menos de lo que correspondía a la semana, así que desconcertado pregunté “¿por qué esa cantidad?” si había trabajado toda la semana, y aún horas extras. Según él, había trabajado menos, y además el domingo (que es día de descanso) me lo había descontado porque otros fueron a  la chamba y yo no. Miré hacia afuera, vi a mis compañeros a pleno rayo de sol, empolvados, y le dije: “¿entonces no me va a pagar?” “–No –contestó él-, además ya tienes prisa, ¿que no te tienes que ir? ¡Anda vete! Toma tu dinero y vete que se te va a hacer tarde”. Ante esta actitud sentí el trago amargo del crucificado que se queda impotente ante las injusticias. ¿Qué podía hacer? ¿Qué ganaba con sacar todo el coraje? ¿Me desquitaba con mis compañeros? Llegué a pensar que podría apedrear el Oxxo cuando ya estuviera a la distancia. Sin embargo, me fui pensando en los rostros de todos aquellos que antes me habían tendido  la mano y ayudado en medio de mi ignorancia y de la incertidumbre por el desempleo.  Pensé en la ceguera que en un principio tuve por la desconfianza a los otros, al sentirme exclusivo, aislado y diferente a los demás.

Yo no soy el único caso, pero esta vez me tocó experimentarlo. Me puedo quedar con la idea de que el mundo es injusto y de que no se debe confiar de los otros porque se aprovechan. Sin embargo, a la luz de la fe, pude reconocer que “los pobres, son signo de contradicción”, pues ellos, a los que han burlado, son los que se han hecho solidarios conmigo en el trabajo, los que en alguna ocasión me alimentaron y, que sin lugar a dudas, también se duelen de las injusticias. No puedo desconfiar o ver como amenaza a todos, más bien puedo reconocer que hay dinámicas de poder que nos lastiman y generan esa desconfianza entre nosotros mismas que alimentan resentimientos y deseos de venganza, competencia, etcétera. Puedo decir con toda convicción que individualmente no es posible hacer justicia, mucho menos con el silencio ante la impotencia. Sin embargo, en medio de mis compañeros, es donde experimenté la fuente de la verdadera justicia, que es la solidaridad: sentirse uno con los otros. Ellos, que con su paciencia me fueron enseñando a trabajar, también me abrieron a la confianza de creer en los otros. Recuerdo los pasajes del Evangelio donde Jesús se presenta ante los más vulnerables como alguien cercano, inclusive, cuando los discípulos riñen, les recuerda que “sean como niños”, es decir, que no pretendan diferenciarse de los demás sino que estén abiertos a darle el lugar al otro que es el más pequeño.

La certeza de ser “hijo amado y hermano” resume mi experiencia de fe, en la que descubro a Dios que se sigue encarnando entre nosotros, devolviendo la confianza y edificando el corazón con otros cimientos. A  ellos: los maistros Chilo y Martín, el arquí Elías, el inge Aurelio, Fercho, los compas trabajadores del Oxxo (que a pesar de que nunca nos dijimos nuestros nombres y que estuvimos tan cercanos en el trabajo y en las comidas) y mis compas de Lomas Verdes (que en alguna ocasión nos catalogaron de Nacos), en todos ellos, descubrí al “Dios que no nos deja solos, que padece las injusticias y se duele de la realidad fragmentada, y que aún así, siempre está para acompañar y alentar. Al Dios  que se hace uno con nosotros”. Principalmente reconozco en medio de la realidad la esperanza de un pueblo, que además de estar lastimado, sigue apostando por re-hacer el mundo, y se solidariza, no sólo para abrir nuestro corazón y para reconocer que el amor sigue dando vida, sino también para abrir nuevos caminos de esperanza e impulsarnos a seguir caminando en la construcción del Reino, para que en verdad podamos decir que somos “hijos de un mismo Padre”. Queda abierta la invitación para expresar la fe en nuestra realidad y “hacer la justicia reconociéndonos primeramente como hermanos”.

 

 


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